¡Coño!


Los tacos son un analgésico lingüístico muy bien preservado en el cerebro humano

La capacidad de decir tacos está selectivamente preservada en nuestro cerebro. Curiosamente, las personas que pierden la capacidad normal de hablar o entender el lenguaje, como consecuencia de un ictus, un traumatismo u otras lesiones cerebrales, a menudo mantienen intacta su capacidad de maldecir. Es como si nuestra disposición a soltar juramentos estuviese más arraigada en el cerebro que la de nombrar. Y es que, para las ciencias de la mente y el lenguaje, las palabras malsonantes son una caja negra o al menos una caja de sorpresas.

Si una lengua es una forma de unir el sonido con el significado, en el caso de los tacos parece haber una conexión especial y especialmente intensa. En mayor o menor medida, todo el mundo dice tacos, tanto cuando está con otros como a solas; de hecho, la afirmación “a veces digo palabrotas” se usa como control en los test de personalidad para ver si un individuo miente.

¿Por qué cuando nos damos un golpe o nos ocurre algún percance las palabras que salen por nuestra boca se centran mayormente en tres temas: sexo, excrementos y dios? La cuestión tiene más espesor del que parece a primera vista, pues los tabúes están incrustados en la complejidad de las relaciones sociales y en los pliegues más recónditos de nuestro cerebro emocional. Su abordaje se puede hacer desde muy diversas disciplinas, pero hay una línea de investigación que ha aportado una respuesta curiosa: soltamos tacos, entre otras cosas,  porque eso nos alivia el dolor.

El psicólogo británico Richard Stephens, de la Keele University, publicó en 2009, en la revista Neuroreport, un trabajo (Swearing as a response to pain) en el que apuntaba que decir juramentos aumentaba la tolerancia al dolor (además de aumentar la frecuencia cardiaca). El experimentó consistió en estudiar el tiempo que un pequeño grupo de voluntarios resistía el dolor causado por meter la mano en hielo, y resultó que los que soltaban tacos y maldiciones aguantaban más y tenían una menor percepción del dolor, en relación con los que aguantaban con la boca cerrada.

En una investigación complementaria, el mismo equipo ha comprobado que este efecto analgésico del taco es más acusado en aquellas personas que normalmente dicen menos palabrotas. Este estudio, publicado en diciembre de 2011 en The Journal of Pain (Swearing as a Response to Pain—Effect of Daily Swearing Frequency), viene a decir que existe un efecto de tolerancia ante este analgésico lingüístico, como ocurre en general con los fármacos contra el dolor.

Soltar tacos nos vuelve quizá más tolerantes al dolor y más agresivos, y nos coloca en una posición favorable para una reacción de lucha o huida, que debían de ser el pan de cada día en la época del hombre de las cavernas cuando despuntaba el lenguaje y quedaban milenios para inventar el pan. Este tipo de interpretaciones hacen sin duda las delicias de los psicólogos y psicolingüistas evolutivos, para quienes la evolución es la clave de todo, pero los tacos y las palabras tabú son actualmente un buen desafío para traductores, lingüistas computacionales y estudiosos del lenguaje en general, por lo que merecen contemplarse desde otras perspectivas. Así que volveré sobre ellas.

Foto: bonus1up / Flickr