Segundas lenguas

La ciencia tiene algo que decir sobre el aprendizaje de un idioma extranjero

El aprendizaje de una lengua extranjera está envuelto en mitos y falsas creencias. Muchos nacen de la propaganda de la pujante industria de la enseñanza de idiomas; otros, de las a menudo penosas experiencias individuales. Pero aprender una lengua distinta a la materna no es tan fácil como nos venden algunos métodos ni tan difícil como pretenden ilustrar algunos casos particulares.

Con esfuerzo o sin esfuerzo, con clases o con inmersión, a una edad temprana o si no… El debate sobre las segundas lenguas es complejo, sobrado de opiniones y prejuicios, y falto de datos objetivos. ¿Tienen algo que aportar la neurociencia y otras ciencias? Desde luego que sí. Un reciente estudio publicado el la revista PLoS One ha venido a responder al menos a dos preguntas.

Primera pregunta: ¿Las clases de idiomas, con énfasis en cuestiones gramaticales, son más o menos beneficiosas que la simple inmersión? Algunos estudios previos apuntaban que las clases son más eficaces que la inmersión, pero parece ser que esto sólo es cierto en las primeras fases del aprendizaje. Aprender una segunda lengua es un camino largo y el estudio de PLoS One indica que cada método de aprendizaje implica un mecanismo cerebral diferente, y confirma que un adulto puede llegar a prender un idioma como un nativo (usando los mismos procesos cerebrales) si se sumerge en su entorno.

Segunda pregunta: ¿Qué pasa si después de alcanzar un nivel alto de una lengua extranjera se pierde el contacto con esa lengua? ¿Se dejará de hablar y pensar como un nativo? El estudio de PLoS One muestra que no hay tal pérdida, al menos durante meses (Second Language Processing Shows Increased Native-Like Neural Responses after Months of No Exposure).

Hay muchas otras interesantes preguntas acerca del aprendizaje de una segunda sobre las que la ciencia empieza a ofrecer respuestas, aunque nunca definitivas y a veces contradictorias: ¿Tienen ventaja los bilingües a la hora de aprender una lengua extranjera? (parece ser que no) ¿Es más eficaz enseñar con el acento nativo o con el del oyente? (parece ser que sí) ¿El acento español es un lastre más pesado que otros? (¡mmmh!) ¿Qué barreras impiden que un extranjero domine otra lengua?

Esta última cuestión, por ejemplo, la están estudiando en la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, donde han creado un corpus de variedades del inglés utilizado por estudiantes avanzados, el Corpus of Academic Learner English (CALE), un proyecto que está abierto a la colaboración internacional.

Por muy alto que sea el nivel del hablante de una segunda lengua, siempre hay palabras, acentos, giros que le delatan como extranjero. Y que sólo el tiempo acaba limando. Aprender una segunda lengua es un proceso lento y largo, muy asociado a la motivación y la práctica, realmente un camino sin fin. Pero con la primera lengua tampoco se acaba nunca de aprender.

Foto: mugley / Flickr

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La ventajosa ambigüedad de las palabras

La polisemia facilita la comunicación humana pero se atraganta en las máquinas

En un escenario de comunicación ideal no debería haber espacio para la ambigüedad. Cada palabra debería tener un significado y sólo uno. Así, sin los quebraderos de cabeza de la polisemia y otras ambigüedades, cabe imaginar que sería mucho más fácil entenderse. Pero este es un escenario que afecta sólo a las máquinas, que toleran muy mal la ambigüedad. En Google, la Wikipedia y otros artefactos que procesan el lenguaje, ante la primera encrucijada semántica lo primero que hay que hacer es eliminar la ambigüedad (desambiguation), algo que las personas hacemos de forma natural y sin esfuerzo mediante el contexto.

¿Por qué todas lenguas tienen tantas palabras con múltiples significados? Pensemos, por ejemplo, en el verbo “pasar”, en el adjetivo “bajo”, en el sustantivo “pie” y en tantas otras palabras con decenas de significados diferentes. Si tenemos lenguas tan ambiguas es, probablemente, porque esto es lo más eficaz para comunicarse. Al hablante le interesa ser lo más eficaz posible: comunicar con un mínimo de  palabras y de esfuerzo, mientras que el oyente pretende entender correctamente lo que le dice el hablante.

En la comunicación humana, la ambigüedad no sólo no representa ningún problema, sino que es una ventaja. Esto es lo que argumenta un grupo de investigadores en un trabajo recién publicado en la revista Cognition.  En su artículo The communicative function of ambiguity in language sostienen que la ambigüedad del lenguaje es lo permite utilizar y reutilizar las palabras más eficaces, es decir, aquellas que tienen menos sílabas y una pronunciación clara.

Las lenguas, o más bien los cerebros de los hablantes, saben muy bien lo que se hacen, y por eso es mucho más ambiguo el verbo “poner” que el verbo, pongamos por caso, “desvencijar”. Los autores del trabajo de Cognition (Steven Piantadosi, Harry Tily y Edward Gibson) han confirmado en corpus de tres lenguas diferentes (inglés, alemán y holandés) que, efectivamente, las palabras más cortas, más usadas y de más fácil pronunciación son las que tienen más probabilidades de ser ambiguas.

Cognitivamente resulta más económico inferir el significado a partir del contexto que gastar tiempo en largas y complicadas sentencias para precisar lo que se quiere decir. La ambigüedad del lenguaje parece ser, por tanto, una gran ventaja para comunicarse entre personas. El desafío está ahora en que las máquinas sean también capaces de lidiar con el contexto para dominar la ambigüedades del lenguaje.

Foto: kiwaja / Flickr